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El
avance de las nuevas tecnologías aplicadas al mundo
del cine está provocando un aluvión de adaptaciones
que hasta el momento solo eran posibles en la imaginación
de autores de medios escritos/dibujados.
Cierto
es que ésta es una tendencia que aunque cada vez perdura
mas en el tiempo, se repite sistemáticamente alrededor
de cada dos décadas. Se vivió en los sesenta
con el Stopmotion, en los ochenta con la pantalla azul (Chroma)
y ahora en el nuevo milenio es la infografía la que
se ha ganado el puesto de honor en las salas de exhibición
y nuestros salones.
Pero
aquí no estamos para debatir el progreso de las tecnologías
sino para destacar el creciente interés en adaptar
todo aquello que se "mueva". Vale, he utilizado
un recurso poco adecuado pero la crisis de ideas de guionistas
y autores a nivel mundial provoca que se recurra al camino
mas recto - utilizando el guión del propio film - desarrollando
historias que en muchos casos no merecen ni la intención.
Dejando
claro que éste no es el caso, "K-20: The legend
of the mask" recrea en imagen real una historia original
de So Kitamura que a su vez se inspiró en otras de
Rampo Edogawa pero la cuestión - confesando de paso
mi desconocimiento sobre la misma obra - ya no es si el resultado
corresponde al interés despertado por alguien como
para llegar a adaptarla sino si era necesario.
Está
claro que el objetivo de una película por mucho que
en éste "bendito" país mío
se empeñen en hacernos creer que SOLO es cultura gastando
- perdiendo - dinero público en producciones insulsas,
sin interés y carentes de ambición, es el de
hacer dinero; así "K-20" - a secas de ahora
en adelante para no extenderme... - se presenta como un film
comercial lleno de escenas espectaculares y acción
desbordante; recapitulando, una maquina de hacer dinero. Pero
repito, ¿era necesario?.
Está
claro que para sus productores sí pero desde el punto
de vista del aficionado la cosa no está tan clara;
y que conste que a mi me ha gustado pero en ésta ocasión
se me ha quedado un rescoldo que es el que ha encendido la
llama de la reflexión.
El
personaje de K-20 no es mas que un híbrido de Robin
Hood, Daredevil y Darkman situado en una realidad paralela
donde el orden social no deja de ser otra copia de mil y una
historias conocidas. Es cierto que hay situaciones que resultan
novedosas como por ejemplo que en un principio se le haya
puesto a la obra el nombre del inicialmente villano de la
función pero el desarrollo sigue cauces tópicos
por mucho que se haya intentado sorprender con, por ejemplo,
la resolución de la misma. Pero es solo eso, un intento;
los japoneses vuelven a pecar de ingenuos y ya no tanto por
su demarcación como film para todos los públicos,
la sorpresa se queda tan solo en una trampa que se ve a la
legua.
Otros
aspectos poco trabajados son los que hacen referencia a la
ambigüedad del tratamiento del propio K-20 - ¿es
un Robin Hood mas o un simple ladrón de guante blanco?
- y a los motivos finales del propio antagonista del film
cuando todo su bagaje anterior ha sido otro. Quizás
mis palabras resulten un tanto incomprensibles pero tranquilos
que tras el visionado del film cobrarán significado
además de seguramente ser compartidas.
Igualmente
criticable pero ya no achacable a su estructura argumental
encontraríamos el mensaje social que subyace de ésta
clase de historias y que encuadraríamos como superficial
e idénticamente previsible. Hablábamos de características
similares en otras historias pero el ámbito general
de desigualdad de clases e injusticias sociales es un discurso
tan manido que ha perdido su efecto. Para buscar ejemplos
que mejorasen la misma arenga no habría que correr
mucho ya que "Casshern" sería la primera
opción.
Con
todo esto uno pensaría que la película resulta
del todo fallida pero como adelantábamos al principio,
el objetivo del film no es trasladar un mensaje sino divertir
y el film lo consigue a pesar de que en algunos momentos se
diluya la acción y aventura.
Su
duración de algo mas de dos horas, fruto de meter todo
lo comentado, causa que a éste respecto se acumulen
"lagunas" que rompen un tanto el ritmo pero en éste
caso no se llega al extremo de, como en otras ocasiones, decir
que las escenas de acción se hacen esperar ya que la
dosificación es mas que correcta.
Y
es que el plato fuerte del film de Sato son todas esas secuencias
que mezclan la acción física con efectos y fondos
digitales. De lo primero nos encontramos con un Kaneshiro
que parece desperezarse de su triste papel - por lo poco dinámico
- de las dos parte de "Red Cliff". Mas ágil
que nunca el actor taiwanés da replica a un héroe
clásico en todos los aspectos menos en la plasticidad
artística de sus movimientos - por llamarlo de alguna
manera - ya que aquí entran en juego todas esas proezas
físicas que bien apuntaladas por efectos de cables
y/o infografías hacen creíble al mismo. Algún
punto negro como esa escena que nos recuerda a los manchurrones
oscuros de "Blade II" cuando el personaje atraviesa
la ciudad, pero en líneas generales, excelente.
Junto
a estos unos fondos infográficos que nos recrean una
capital nipona mas cercana a la época victoriana que
a mediados de un siglo XX. Las licencias históricas
que se toma el argumento al hablar de una realidad alternativa
puede justificar ese desfase pero es tan solo una puntualización
quizás demasiado personal como para tenerlo en cuenta.
Antes
de acabar resaltar sobre todos los apartados la banda sonora
de Naoki Sato que a medio camino de la partitura del propio
"Darkman" de Danny Elfman y el "The shadow"
de Jerry Goldsmith ejerce de "potenciador" de las
escenas mas sensibles a falta de, como decíamos, un
verdadero vehículo emocional.
Resumiendo,
"K-20: The legend of the mask" es una película
efectista en todos los sentidos: entretiene y engancha gracias
a su acción y emociona debido a su carga sentimental,
pero es eso, pura fachada. Superior a los films de superhéroes
sí pero intrascendente en el fondo.
A
principios del siglo XX las diferentes naciones lograron mantener
la paz evitando lo que sería la Primera Gran Guerra
Mundial. Esto provocó que las clases se distanciasen
haciendo mas grandes las desigualdades, los ricos muy ricos,
los pobres muy pobres. En éste contexto, un hombre
se beneficiaba de los primeros robándoles hábilmente,
un personaje que se hacia llamar "K-20, el demonio de
las 20 caras". Cuando se descubra una maquina capaz de
conducir electricidad sin necesidad de cables, K-20 querrá
hacerse con ella. En el proceso no dudará en involucrar
a un inocente artista de circo al que confundirán con
el propio K-20.
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